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  • EL RITUAL POCO HABITUAL DE JANE´S ADDICTION

    Out 19 2013, 21h49

    Describir el show de Jane’s Addiction en una sola palabra es labor ardua, pero si hay que resumir aquella electrizante presentación de su octubre en Bogotá se puede escribir en mayúsculas ACTITUD. La postura de los californianos fue una verdadera entrega de poder, performance, virtuosismo y mucho rock and roll que desempolvó el cabeceo de las generaciones que lo disfrutaron durante los ochentas y noventas. Llegó la hora del Ritual en el Royal Center.

    Pero antes de sucumbir a las notas adictivas de Juana, un aperitivo para pincharse un poco de rock local. Los muchachos de Árbol de Ojos traen una sencilla pero honesta puesta en escena que concentra todo su poder en las dos guitarras que combaten de modo armónico en escena desfilando entre lo británico y coqueteando con el rockabilly. Sueltan en tarima por un rato a su Zorro –nombre de su reciente placa discográfica- y lo ponen a aullar ordenadas estridencias entre las que se destacan títulos como “Tal vez”, “Uno es mejor que Dos” o el bluesero “Amor a la Woody”.

    Generalmente las bandas en gira promocionan su material más reciente. La salida a escena de los Addiction da un falso aviso con su primer y potente “Underground” del The Great Escape Artist (2011). Pero su setlist está concentrado en deleitar a las viejas generaciones con sus clásicos de siempre, desempolvando con gran despliegue los himnos alternativos noventeros que invocan gargantas furiosas y cabezas inquietas. Perry Farrell es el alto y delgado showman, propietario del histrionismo y los registros agudos, el del baile ambiguo y el micrófono en alto, el del sudor sensual y la interacción aguardientosa con el público, el hombre del chaleco que se entrega con tal poder que derrumba las falencias de medio siglo vivido y se convierte en un imberbe y enérgico mozo entregado a las adicciones del rock.

    Ronda de clásicos comienza a rodar. Stephen Perkins revienta la batería con “Mountain”, Dave Navarro se explaya con su guitarra en la poderosa “Just Because” y Farrell invoca a todos los padres del mundo con “Had a Dad”. Hay tiempo para interactuar y tomarse un par de tragos colombianos, el vocalista ingiere aguardiente con su hígado imperturbable y se deja acompañar por el alcohol residente durante toda la velada, ‘Hombre muy macho, mujer muy bonita’, dice mientras brinda. Se cuela entre sus clásicos su reciente “Irresistible force” y es hora de ponerle ojo a las bailarinas, las sensuales compañeras de gira que no hablan pero sueltan unos diálogos lascivos con el cuerpo, dignos de tertulia.


    El performance, la actitud y las buenas formas musicales, todo se conjuga en la presentación de “Ted, just Admit it”, solo faltaron Mickey y Mallory bailando, importados de Natural Born Killers. Bailes sádicos y provocadores ofrecen las danzantes atrevidas confirmando que ‘Sex is Violent’, mientras Dave Navarro, aquel tatuaje hecho hombre, derrite mujeres con su torso de tinta y configura punteos humeantes que la guitarra va fumando progresivamente, confirmando su dual faceta de virtuoso y sex symbol, aquel puro ejemplo de rockstar se compenetra con su instrumento y bajo su sombrero camufla los juegos guitarreros más extasiantes de la noche.

    ‘Let’s go Stephen’. Perkins da a conocer el primer clímax de la noche con sus tambores, la divertida “Been Caught Stealin” donde la banda pone a prueba las gargantas del público, que complacido sucumbe a la nostalgia. Luego, el turno del tranquilo Chris Chaney quien pone a mover sus dedos con el bajo en “Ain’t no Right” y “Up the beach” para amenizar las tonadas, anticipación del viaje épico que se carga la brutal “Three days”, densa y poderosa con Navarro al comando melódico y las chicas que comedidamente se entregan a su lujuriosa danza de bastones y sadismo, mientras Perry contribuye con sus maracas y Stephen Perkins se despacha en su cuota de solo en batería. La hora del ritual está en su mayor momento de elevación, es hora de parar. Para eso llega "Stop!" el segundo clímax del público, todas las voces y los instrumentos se funden en un sonido poderoso, un Royal Center feliz de sentir en carne propia sus vinilos y cassettes hechos concierto.

    Para no dejar la menor duda de que el show de Jane's Addiction no es cualquier toque de garaje llegan los tambores tribales y delirantes de "Chip Away" con toda su banda sometida al traqueteo de las baquetas y Farrell soltando sus conjuros agudos y viendo como en el aire se cuelgan las pieles de las bailarinas, que vuelan sin cesar entre las cuerdas y dan dotes de su resistencia a la suspensión corporal. La gente mantiene elevada sus cabezas entre miradas, luego, entre recuerdos. "Jane says" es una bonita cuota acústica que rebobina las primeras andanzas de la banda e incita al canto al unísono y deja soltar el particular sonido del bongó y el steelpan manipulados por Perkins, una emotiva despedida que refleja el talento de más de 25 años de historia condensados en un Ritual poco Habitual, que después de una larga espera se pudo celebrar en territorio bogotano.
  • EL GRITO GYPSY DE GOGOL

    Nov 22 2012, 2h10

    Y las calorías sufrieron un fogonazo bestial a ritmo de locura gipsy. Un eclecticismo voraz hizo estremecer las paredes del Royal Center, después de la ansiosa convocatoria virtual que clamaba por la presencia del crisol musical de Gogol Bordello en Colombia. El sueño de red social se materializó y logró aterrizar un colectivo de fuerza huracanada que se tragó el escenario y que deleitó a punta de sudor, vino, fuerza y música universal a la bandada asistente.

    La calistenia está a cargo de La Folka Rumba Stravaganza, con un acertado set de canciones que entretiene a las primeras almas que acudieron al teatro. La maquinaria es acompañada de un par de gitanas tragaflores, bailando entre claveles con aroma romaní y manipulando a su antojo las vidas de tres títeres que se sumaron al carnaval étnico, un diablo retozón que corea estribillos de Calle 13, una mujer de trapo que se despeina con Bregovic y un campesino que representa las retahílas de Velandia y la Tigra.

    Una sorpresa como bonus de anticipación. La ruralidad psicótica de Juan Cirerol se apodera de los parlantes con su estilo ‘anarco-corrido’ y una tripleta de composiciones que transpiran ese toque campirano que se mueve entre las fronteras de México Y E.E.U.U. Armado de una guitarra que dispara ráfagas de riffs veloces y de su voz de ranchero lejano, Juan acompaña la noche ecléctica con un poco de primitivismo sincero y un carisma natural que es bien recibido por los espectadores. A pesar de que su voz se pierde entre ecos y distorsiones enemigas de la acústica del lugar, Cirerol sale avante con su tiroteo guitarrero.

    Llega la hora de tatuarse algunos hematomas con la técnica del pogo. Los encargados de contribuir al golpe amigable son los enérgicos teloneros de Skampida, que representan un sincretismo musical amplio, cargado de euforia y con tonos políticos. ‘De aquí para allá y de allá para acá’ es la frase de apertura que causa obediencia inmediata en el baile salvaje de los fans mientras suena “Círculo Vicioso”.

    Ska, punk, rockabilly, algo de gitano, algo de folklore nacional, una desbandada de sonidos mixtos que encienden el aliento. “Una Estrella Más” con la garganta de Dub-Id clamando por la libertad; “All I really Wanna” ayuda a cabecear el sombrero estrella del guitarrista Tobón; “El Camino” coquetea con matices gipsy y pone a trabajar las extremidades del Sargento baterista; los metales enmascarados de saxo y trombón son convincentes y marcadores de pauta. La lengua vasca y el español se funden para rendir homenaje al poder de Kortatu con su versión particular de “Zu atrapa tu Arte”. El estruendo crece con el paso de los minutos y los cuerpos se irrespetan al placer del golpe.

    Los momentos más grandes de Skampida vienen con “La Manifestación” de pogo hirviente, que tiene su prisa y su pausa, con un breve instante de los integrantes del grupo tendidos en el piso y su regreso paulatino al reventón. Luego, el asomo Gogol con la presencia de Erazo, el carismático percusionista ecuatoriano que comparte unos histéricos versos con la banda. Más adelante, “Barreto” con una guitarra juguetona llena de matices disco y funky, y el cierre incitando al combate final entintado de punk en “Angry Mob”. Pero tanto sudor no es suficiente. Falta la sobredosis del grito gipsy.

    Imposible sentirse viejo ante semejante descarga de jovialidad insolente. La banda de Eugene Hutz es una bola gigante de poder que estruja todos los sentidos y obliga a bailar y saltar sin la piedad de la pausa. El mostacho gitano símbolo del burdel de Gogol comienza a sacudirse de esquina a esquina con los juegos de tempo y ese gipsy punk frenético y desparpajado de “Underdog World Strike” y “Ultimate”. El violín incansable, el acordeón danzante, las cuerdas apremiantes y las percusiones de escándalo feliz junto a la voz de Eugene son magnéticas y atacan de frente.

    Una revolution enrevesada convocando al amor, una bailarina de tutú encapuchada en pancarta y unas luces de respaldo son más que suficientes para imponer la escenografía. Con Bordello basta y sobra por doquier. “Wonderlust King” es el tema rey nómada de la primera parte. Asoman entonces las cuotas multiétnicas con Elizabeth Chi-Wei Sun entre coros sugestivos y bombos imperiosos, y Pedro Erazo con su percusión incendiaria y sus arengas en español, en un ejercicio de globalización musical muy abierto, donde los romaníes hablan otras lenguas y tocan batucada en “Transcontinental Hustle”, donde los rusos disfrutan el segmento cumbiero en “Last One Goes the Hope”, donde los colombianos se ahogan en el trago placentero de la fusión sonora. Definitivamente, una “Tribal Connection” la que se siente en la atmósfera.

    Eugene, de torso desnudo y frescura juvenil a pesar de sus 40, debate su amor escénico por dos objetos preciados: Mientras en “My Companjera” fornica con su inseparable guitarra, en “Break to Spell” disfruta de un mostacho achispado de vino, otro acompañante que asegura la euforia de la fiesta mientras la gente no deja de corear. Sus mejores cómplices sonoros son los más veteranos, el acordeonero Yuri deja salir ese tecleo nómada de su sangre rusa, mientras Sergey azota su violín pero jamás desacomoda la pañoleta de su cabeza. Dos piezas claves para el delirio, “Pala Tute” con el sabor gitano innegable, y “Start Wearing Purple”, ejercicio de pantorrillas al aire y gargantas al unísono, de bombos transglobales, de declaración de no límites y de llamamiento a la dicha total.

    Posteriormente, el Encore y una pequeña pausa para unos cuerpos gastados por el descontrol. Al regreso, los timbales de Erazo y el violín de Ryabtsev protagonizan un duelo a muerte en “Think Locally, Fuck Globally” mientras la falda del baterista Oliver se agita y sus piernas hostigan el bombo para un nuevo clímax. El verdadero asombro se manifiesta con la ausencia de pausas, no hay un solo receso entre canción y canción, es un medley iracundo de dos horas, devastador, contundente, que resucita todas las Almas Muertas de Gogol y se apresta para un pre infarto vertiginoso pero feliz. Para calmar la velocidad de esta carrera inclemente, un poco de “Alcohol” no está mal. Los protagonistas son la guitarra gitana y los aplausos compañeros.

    Las cuerdas eléctricas son claves para el aderezo rocanrolero. Michael en la guitarra y Tommy T en el bajo, sin mayor arrebato, ofrecen lo suyo ante el diapasón. Eugene al final pasa de la brincadera a la cortesía de presentar a su ensamble completo, para cerrar con un estrépito rítmico la velada nómada.

    La entrega, el sabor y el galopar incesante de la banda hicieron olvidar algunos momentos cacofónicos de distorsión en los parlantes, hicieron olvidar que no asistieron los 1.800 fervorosos de redes sociales que prometieron comprar la boleta, hicieron olvidar las etiquetas, los géneros y los catálogos. Y nos hicieron recordar que en esta sociedad abierta “No hay humano que sea ilegal” como bien lo dijo Erazo, y que el grito Gipsy se integra ahora al globo, ampliando los territorios de inclusión para nuestra población universal. Una real “Inmigraniada” musical
  • UNOS ELECTROQUIMICOS CHEMICAL BROTHERS

    Set 18 2012, 20h56

    Una descarga de electro y beats salvajes sacudió una carpa presta para la ebullición digital. La noche del viernes de amor y amistad sometió a los seguidores de The Chemical Brothers a un setlist de canciones llenos de potencia nada romántica, totalmente vigorosa y con tintes de soberbia electrónica. Tom Rowlands y Ed Simons podrán tener algunos kilos de más y unos cabellos de menos, pero el gusto por las revoluciones y el veneno bailable se mantiene intacto.

    El frío voraz sabanero de capital intentó contrarrestarse con los mixes de la Makintouch, los responsables de predisponer al público a una inyección de adrenalina danzante, previos al show de los Chemical. Beto Durand Y Mao Montenegro, confabulados con sus máquinas, hicieron las delicias de los mixes con luces espumosas y una larga sesión que exhibió apartes digitales de canciones de Adele, Daft Punk, Blur, Underworld y Smashing Pumpkins entre otros, con momentos de respuesta histérica por parte de la asistencia y con algunos juegos de luces como soporte.

    Algunos abanicos enmascarados, acróbatas y accesorios circenses contribuyeron a aderezar las máquinas con algo de performance. Sin embargo, el paso de los minutos y la espera interminable por ver a los protagonistas de la noche en tarima hicieron ver al final la presentación de la Makintouch como un peligroso show prolongado. El dúo local hizo su tarea y cedió el paso al dúo londinense casi una hora después de la medianoche. Entonces, la aparición providencial de estos científicos del beat listos para la efervescencia provocó una cacofónica y ansiosa vociferación del público. Era la hora de entrar en acidez con el deletreo musical: C-H-E-M-I-C-A-L.

    Algunos esperaban una jornada de big beat frenético e inclemente. Otros tantos, un desfile que pinchara algunos Greatest Hits. Otros más desprevenidos, una réplica de su épico documento audiovisual Don’t Think, donde sostienen un Live Act brutal y pletórico. Esta vez la sorpresa la dio la pasarela de Electro, en mayúsculas, el sentir de ese cianuro digital, latigazos de alto voltaje con el repertorio de la música que estos Brothers más disfrutan por estos días. Durante un buen lapso, en crescendo, los hermanos Químicos dispusieron de herramientas al servicio del electro con algo de house demencial, acompañados de luces rojas y una dureza que dejaría disfónicos a los parlantes si hablaran. Una dosis fiera que refleja lo que estos señores aman pinchar en la segunda década del nuevo milenio, casi 20 años después de sus andanzas por el Heavenly Social Club.

    Los dos protagonistas de la noche han cambiado. La cabellera alternativa de Rowlands ha pasado al baúl de pasadas juventudes y el tamaño de Simons le ha regalado un par de números a la báscula. Su show hace focus en la música; no son extrovertidos, no son estrafalarios y su atuendo se puede confundir con el de cualquier cristiano asistente al evento; la sobriedad amable es parte de su personalidad, Simons se anima a animar moderado, Rowlands se anima a tocar concentrado, algunas veces levantan los brazos y cabecean con el acompañamiento del beat. La verdadera revelación proviene de su maquinaria, creadora de golpes consistentes y descargas ‘electro químicas’.

    Como era de esperarse, los momentos de mayor calentura se vivieron al poner a rodar sus temas originales. “Hey Boy Hey Girl” fue el primero de la noche, en una extraña apertura con dosis de cumbia primitiva mezclada con su sonido esquelético para más adelante extenderlo y rendirle culto al éxtasis por unos minutos. Luego vino esa neurosis incendiaria de “Don’t Think” para el gusto de los fans, y un lapso cargado de códigos electro con algunas luces de respaldo.

    Un DJ set nunca va a ser igual que un Live Act, hay que dejar en claro. Pero Chemical son Chemical, y verlos pinchar en vivo hace parte de un privilegio, no de alta degustación, pero sí de un disfrute memorable. Un lapsus para la noche, la desaturación grave de “Saturate”, donde la impresión fue de cabinas de sonido enfermas y alerta naranja para la continuación del show. Sin embargo, el gazapo sonoro se disipó con el regreso de los voltios a su estado natural y un sabroso sonsonete que ofreció “Superflash” y luego, la zona trip del DJ Set, un intenso recorrido por los gustos más etéreos de los Chemical en un viaje galáctico de armonías digitales donde la misma música se encargaba de abrir las puertas de la percepción y llevar los oídos a la alienación electrónica.

    La fase final del DJ Set fue el área más reciente de su discografía entre redes azules y luces triangulares. El trío sonoro más destacado del Further hizo su aparición con el galope golpeador de “Horse Power”, la epopeya presurosa de “Escape Velocity” y el dulce y envolvente sonido de “Swoon” para cierre satisfactorio ante los fans. A pesar de no contar con toda la maquinaria, los LEDS y gran cantidad de su repertorio original que quedó guardado para otras latitudes, la fiesta fue colorida, la asistencia fue masiva y la acogida de los espectadores fue aceptable. Sin embargo, queda la sensación ansiosa de lo vibrante que sería poder ver a estos dos exponentes de la ‘electro- química’ en un Live Act con toda la herramienta y juguetería lista para reventarles el oído de felicidad a sus fieles seguidores. Ojalá no sea remoto este chance
  • LA MADRE DEL BEAT FUE NEGRA/ AFROCUMBIA II

    Jun 21 2012, 21h15

    La segunda entrega africana envuelta en cumbia hizo pilatunas en las paredes del teatro Metro. Un cartel respetable, unas zapatillas listas para respirar sandunga y una noche que se emborrachó de cumbiamba cargada de beats. Sin un aforo absoluto, donde faltaron humanos sobraron movimientos y se vibró en un desfile de bandas que brindaron su aderezo respectivo, todas hechizadas bajo la influencia de la cumbia y los ritmos africanos. Los madrugadores de la noche hicieron calistenia con los mixes y efectos del Faraon Bantu SoundSystem, quienes animaron la apertura y el intermedio en los cambios de banda.

    El show comienza con un carnaval progresivo, acidez coletera del Caribe invitando a levantar la falda a ritmo de “Alza los pies” de Colectro, el interesante proyecto de Barranquilla que se trajo las carnestolendas hasta el frío D.C. con un trabajo que se deja llevar por instantes progresivos acompañados de pura negrura del Atlántico. La guitarra y los teclados se encargan de ofender con estilo ácido y de poner ponzoña sabrosa a las notas de los temas, mientras un par de bajos subversivos copulan en duelo de poderes para saber cuál de los dos ofrece más sabor.

    En una presentación corta pero sustanciosa, Colectro da la cara sin mayores recursos escénicos que su fuerza musical. Con unas luces simples y carencia de video, el sacudimiento de los lentes del vocalista Gonzalo Prieto y las agitaciones sonoras de los instrumentos son la dosis para prender la vela de la afrocumbia. “Coletera” es una champeta de guitarras insolentes y solos de bajo venenosos, luego viene el ‘Trucu Trucu’ para quienes querían acompañar la fiesta ‘mamando ron’ al estilo del garabato ácido. Y para el cierre llega el verde desorden de “Green Smokin’ Jam”, fuerte discoteca de puro sincretismo musical donde los parlantes revientan de rebeldía. Bullicio corto pero bien hecho.

    La medianoche asoma con la Estrella de la Muerte aterrizando en el Metro. Yoda toca guacharacas galácticas en las visuales y asoma un Mike Cerdá camuflado en la máscara de Darth Vader, es la hora del desorden cumbiambero de MKC y su power trio presentando esa desvergüenza contagiosa del Caribbean Swagga. Un DJ enorme listo para provocar a los puritanos y llamar a los rebeldes del ritmo, acompañado por el ‘afro-bajo’ bailable de Funky Brewster y los tambores desnudos y vigorosos de Andee Zeta, en un trío que trae el paquete de canciones más poderosas de la jornada.
    Las visuales se encienden. Una pasarela de pantalla exhibe diversos invitados listos para zarandear músculos asistentes: 2irie se mece entre el reggae y la discoteca en “Friday Night”; las rimas dancehall de Jiggy Drama acentúan el sonido de los parlantes con “Sungu Gyal” entretanto geishas televisadas sueltan el shamisen y evaden su palidez nipona bailando prendidez antillana; viene luego la subversión rítmica del DJ venezolano, su “Smells like Cumbia Spirit” motivo de suicidio para muchos seguidores de grunge purista, motivo de jolgorio para los amantes de la fusión, con un Kurt Cobain que se revuelca en una tumba bailable; “Rosa Tulia” se mece entre la cumbia y el drum& bass de Radio Rebelde y Sr. Mendez; y finalmente, un merengue que pasa del zangoloteo a la estridencia consolida el poder del sonido en vivo de MKC, “One night” con la voz de Obie P. cierra con éxito el paso por tarima de la sabrosura del Caribbean Swagga. Poder procaz hecho música.

    Luego de pisar las bahías del Atlántico se cambia de océano, de ritmo, pero no de origen. La sangre negra sigue brotando en el escenario, esta vez con las bondades del currulao y los sabores del Pacífico provenientes de la respetada Mojarra Eléctrica. Con un tono más orgánico y más cercano al folklore tradicional, más de instrumento y de sabor analógico que digital, la banda de Jacobo Vélez (que curiosamente no tocó en el evento) tuvo un paso refrescante por la tarima con un lineup dominado por los saxos y las voces combinadas de Marlén y ‘Lawey’ en aquellos coloquiales diálogos de afro cantado.

    No hay marimba de chonta ni clarinete. Pero la Mojarra se las ingenia para nadar por sus aguas musicales. El hermoso currulao “La escalera” es infaltable en sus shows y se hace presente. El bajo enérgico y jovial de Javier Pinto conduce los ánimos de la banda mientras se dedican a la autocomplacencia fusión en “Ke gozo yo”, funk Pacífico. Su sonido, sin ser tan intenso es muy pulido y no recurre a trucos visuales, es la postura purista de músico para el público, con audios contemporáneos como “El dembou” o más tradicionales como “Parió la luna”. Como es acostumbrado, su momento estelar lo tiene “El Hueco”, esa canción que inmigra musicalmente al amanecer sabatino y que despide el paso de la Mojarra Eléctrica por el escenario luego de un recorte abrupto de setlist, cuando los minutos policiales de cierre comienzan a apremiar.




    Con el reloj ahogado y el apuro como enemigo aparece el invitado especial del final, la potencia de San Basilio transmutada en beats gracias a la efectividad sonora de Palenke Soultribe. Una voz que dice ‘My name is Palenke’ va abriendo camino a la madre de la festividad nocturna, la cumbia, ‘The goddess of happiness’. Ataviados de corbata y con buena actitud, ‘Popa’ e ‘Insectosound’ salen a rendir culto al negro ancestral, acompañados de batería y percusión para resaltar el dominio del golpe y presentar de forma oficial su nuevo trabajo Palenke Vs. Palenque. “Esta tierra no es mía” es la encargada de adentrarnos en el universo musical palenquero.

    La pantalla se enciende y los beats se recargan, es hora de envenenar el legado con algo de tecnología. Pasajes de retratos cantantes van coreando los temas del repertorio Palenke, “Oh mama”por aquí, el genial “Coroncoro” de la Niña Emilia por allá. Cámaras infiltradas en los instrumentos dejan ver el vértigo del bajo, la furia de las percusiones y el despliegue de la banda en el escenario. Pero también hay tiempo para el acordeón, que tiene toda la intensidad melódica en “Corazón bonito” –de alguna forma nos remite a Kinky- y que también se filtra en los coros del Sr. Mendez en su sabrosa “Cuando te veo”.

    Surgen unos macacos escénicos listos para la monería electrónica palenquera, la máscara primate del dúo identifica el trayecto por “Makako” de cadencia cumbiambera. “Ataole” le mete candela al momento para reforzar el repertorio con parte de su nuevo material. Pero el poderío se desata en el clásico del setlist “Palenke from the Jungle” energúmena pieza electrónica que en vivo suena cien veces mejor que en estudio, el último instante de delirio. Con el caos del próximo desalojo, los palenqueros del beat ofrecen una aparición final en compañía de Mónica Castillo de La Makina del Karibe y el tema “Move it” que es accidentado porque se minimiza el sonido al retorno de los artistas y el público queda con el oído a medias. Palenques interruptus.

    La noche casi no le alcanza a la afrocumbia. Pero abrigó una segunda edición variopinta, un tanto desordenada y caótica, pero con todo el beat dispuesto al servicio de los sonidos afro. El carnaval de Colectro, la insolencia de MKC, la entrega de la Mojarra y el tribalismo digital de Palenke le confirmaron al respetable que durante la mitad del mes de la mitad del año, la madre del beat fue negra.
  • POSESIÓN DE ESQUELETOS CON BURAKA

    Abr 23 2012, 5h02

    En la capital se sintió un temblor de huesos continuo y abrasante. El Teatro Metro sintió un sacudimiento sonoro extasiante repleto de kuduro y electrónica que de forma epidémica contagió todos los cuerpos que hicieron parte de este rito musical que se trasteó desde Angola para invadir almas de otros continentes. El beat contundente e inevitablemente bailable de Buraka Som Sistema se hizo sentir con poder una vez más en Bogotá.

    El preámbulo a la transpiración lo trajo el oído de DJ Chiflamicas, que comenzó a desembarazar las primeras chaquetas y abrigos invernales con algunas acertadas pistas de fusión. Se dio paso a la cuota nacional con una Malalma inédita, en un performance extraño de opiniones encontradas. El protagonista de su show fue el trabajo Ácido Trópico. El grupo de Sergio Arias salió a escena en formato de power trío, armados de batería, teclados y percusiones afro, una trinidad de personajes desprovistos de la habitual parafernalia, la teatralidad, los metales y las guitarras a la que nos tiene acostumbrados. Un exotismo sintético no muy fácil de digerir por ver algo tan dispar a su propuesta original.

    El recorrido del telonero inició con un estrépito animal de gritos de jungla, un llamado de la tierra camuflado en teclas y golpes de batería. Arias mandó sus ropajes a la lavandería y llegó a escena en una pose muy adulta, interpretando “Siguiendo tu Huella”. Las versiones de sus temas eran coctelería sintética de la mano del tecladista Iván Ortega, piezas un poco huérfanas de su sabor criollo, con la exhibición sobria de canciones como “Santo de la tentación”, “Karimañola” y un “Me gusta el porro” casi chillout. Los instantes más vivaces y cálidos de este trío fueron el funky y desafiante “Machito Bravo” y por simpatía masiva, la reposada versión de “Un corazón”. Terminó su show una Malalma desconocida que guardó el Trópico y mostró algo de Ácido envuelto en beats y sonidos de teclado.

    La antesala al éxtasis la comandó el oído enmascarado del DJ Subversivo, quien salió al cuadrilátero de botones, teclas y juguetes tecnológicos para poner en cocción los ánimos del público y hacer calistenia danzante. Minutos después, la entrada del sábado no perdonó a los distraídos y la posesión fue inmediata, “Hangover” tronó las cabinas del Metro con su coreado ‘bababa’ y el combo Buraka comenzó el ritual que elevó centenares de zapatos en simultánea y llamó a la transpiración inmediata. No hubo hueso que no se moviera.
    Incendios bailables cantados en portugués, el kuduro en todo su esplendor sacudiendo desde el atlas hasta el sacro, un venenoso ritual de beats que rescata las tradiciones angoleñas y las aterriza en un ambiente bogotano ávido de fiesta afro-electrónica. La atrevida vocalista Blaya desbarató los huesos estampados en su pantalón mientras exponía lo mejor de su sensualidad a ritmo de “Eskeleto”, golpes brutales, incisivos, fuego creciente mientras el simpático MC Kalaf hacía las voces de Afrikan Boy y también dejaba llevar sus piernas por el sabor de su negra motricidad. El video que respaldaba el show no paraba de divulgar el mensaje de la noche con sus esqueletos bailarines y su danza efervescente, no dejar de mover los huesos hasta llegar a nivel de posesión.

    Buraka Som Sistema es uno de los pocos ensambles que logra crear tanto magnetismo sin mayores instrumentos que sus juguetes electrónicos y unas baquetas. Los artífices de aquel fuego digital fueron cuatro manos diligentes, listas para transportarnos al otro mundo al son de su última producción Komba, Li’l John y DJ Riot juiciosos en el tema de producir vibraciones y desbaratar cuerpos. Entre tanto, el único hispanoparlante de la banda también animaba a la multitud, Conductor hacía honor a su nombre artístico para crear la curva dinámica del show, levantar manos, originar gritos y desfogar euforia, su enorme masa corporal también despedía kuduro bailado sin prejuicio y se enrollaba en pañoletas que le lanzaban desde el público. La banda sonora de este exorcismo motriz mostraba momentos deliciosos con “Komba”, “Yah” y “Aquí para Voces”.

    No hay necesidad de saber portugués para seguir las rimas de este Som Sistema. Muy esperado y muy fácil de corear salió “Kalemba” para escuchar al unísono ese ‘wegue wegue’ de saltos incesantes y sudor a su máximo punto, con la invasión momentánea en tarima de un par de fans poseídos por el kuduro y por el hechizante sabor que despedían las poses y los movimientos libidinosos de Blaya. Todos los huesos en actividad sísmica, las tibias hirviendo, los radios enchufados y la columna feriando a lado y lado las vértebras, a ritmo de “Macumba”, “Candonga” y otros tantos ritos de fuego afro que encendían la noche con la luz propia de Buraka.
  • EN LA GRACIA DE THE RAPTURE

    Jan 23 2012, 18h13

    Los primeros ruidos alegres del 2012 se escucharon en la terraza de Armando Records, obra y gracia de The Rapture. Los chicos de New York envueltos en la atmósfera bogotana hicieron dote de sus atributos musicales para calentar al público con su guitarra, sus cencerros de carnaval nocturno y los berridos más cautivadores que fueron noticia el año anterior gracias al lanzamiento de su tercer álbum In The Grace of Your Love, y que durante este primer período del año invaden los cielos de América para aterrizar en escenarios de calentura y jolgorio.

    La medianoche despega con unos synths intimistas. Viene luego una línea moderada de bajo. Y unas cuerdas que apenas murmuran, pero hacen identificable la gracia ‘Rapturiana’. “In the Grace of your Love”, primera frase electrificada de Luke Jenner que causa expectación y de inmediato nos sumerge en el viaje de su último disco. La aventura continúa con “Never Gonna Die Again”, se sueltan los cencerros y las primeras notas de saxo caminan por la tarima gracias a los méritos de Gabriel Andruzzi, que a la postre sería el showman de la noche.

    Vienen los platillos fuertes del Pieces of the People we Love. La batería despierta y marcial de Vito Roccoforte estremece los parlantes con la canción que titula su trabajo del 2006, destacando un sonido impecable para el show. Jenner luce una camiseta de los Padres de San Diego, que no deja de batear hits: “Get myself into It” es cuota de sabor y color donde hace su primera aparición magistral Andruzzi, quien parece extraído de un video ochentero armado de saxo, chaqueta apuntada y un peinado intacto que comienza a serpentear en la pequeña tarima una coreografía new wave provista de espontaneidad sobria. A continuación, la deliciosa maldad de “The Devil”, surtida de un diapasón demoníaco que pronuncia las venas de la guitarra y recuerda las rimas más cantadas del anterior lustro discográfico de The Rapture.

    Una luz azul intermitente irrumpe en la sencilla escenografía junto a unas teclas hipnóticas que anuncian la venida del caos, Echoes del punk aderezados al estilo neoyorquino. “Killing” muestra los quejidos criminales de Luke, acompañado en coros del verdugo bajista y teclista Harris Klahr, mientras sigue despertando la furia; “Whoo! Alright…” es la camorrista del desorden y la juerga que rescata los lados más carnavalescos del post-punk; y el momento del clímax se viene con el cencerro más bailable de la historia, Gabriel Andruzzi es poseído por un androide convulsivo que sin despeinarse y con una mirada que jamás parpadea, es el coreógrafo de la furiosa “House of the Jealous Lovers”, en un bailoteo de caderas inexistentes pero extraño magnetismo que contribuye al orgasmo de flashes y zapatos, al descomunal rugido de Jenner y al reventón instrumental.


    Los cuatro de New York siempre están conectados con el dance. Llega el momento de abandonar las cuerdas y darle rienda suelta a los beats. Vito se ensaña con Gabriel en la manipulación de botones durante el clásico “Olio”; aparecen las panderetas animadoras y los teclados con deje acordeonero en “Come back to me”; neurosis extasiada y evocadora con los synths iluminados de “Sail Away”. Luego de rendirle tributo al lado más electrónico, retoman el sabor de la distorsión en “Echoes”, nunca el punk tuvo tantas ganas de bailar como con esta interpretación de trabajo endemoniado de Klahr en la línea de bajo, la guitarra envenenada con ecos de Gang of Four, la batería de prisa alegre y el saxo sordo y ebrio de agitación, en un primer cierre de caos grandioso y furibundo.

    Pausa líquida. La banda regresa al escenario con una disposición más pop, ocultando su lado salvaje y dando paso al campo melódico sutil. Terminaron como comenzaron, como fieles expositores de su última producción. Primero, “Children” abogando por los teclados, luego “Miss You” con un aire más juguetón. Luke Jenner se libera de su guitarra y se regala algunos minutos de movilidad. Era de esperarse un cierre dorado, “How Deep is your Love” es la cuota de canto que la gente esperaba para una disfonía final acompañando a un Jenner que pone a danzar a la base del micrófono, a la última ritualidad bailable del saxofón de Andruzzi, a las teclas dance nostálgicas de Klahr y al golpe contundente de los tambores de Roccoforte. El público terminó complacido en la elevación de una terraza fiestera que sencillamente reventó de alegría, se emborrachó de arrebato feliz, cayó… En la gracia de The Rapture.
  • BEATS SIN PREJUICIO CON DAT POLITICS

    Nov 29 2011, 4h46

    Plena descarga de beats sin tapujo y cabezas convulsas fueron el decorado principal de la noche novembrina en el marco de la fiesta afrancesada que protagonizó el dúo Dat Politics en el Teatro Metro. Una asistencia ávida de reconocer la propuesta gala llena de suciedades bailables tuvo el gusto de rayar sus oídos con vibrantes frases arrebatadoras a ritmo de secuencias, y de deleitarse con teclados inmorales que llamaban a la epilepsia danzante. El electro fue el amo y señor de las cabinas que marcó un cielo de noche galvanizada, atacada por las sacudidas chirriantes y contundentes de los DJs y las bandas.

    La cuota colombiana que se anotó a la calentura del ambiente fue Dirty Harry, fashionistas de la suciedad que con su propuesta particular, su marcado golpe de batería y su electropop que coquetea con momentos gloriosos del EBM, exhibió un recorrido en vivo por su producción Sex Shop. Andrés Bernadette salió a transgredir en la tarima con su cresta industrial y su atuendo de cuero oscuro y vociferó estrofas concupiscentes y contaminadas bajo las toxinas de la electrónica explícita en escenario.

    Las secuencias y los instrumentos acentuaron la polución del beat. Danu Navarro con sus cuerdas graves añadía el toque dark y subterráneo de la noche, mientras el ex baterista de Atomic Brain Monkey B, ahora al servicio del Sucio Harry, castigaba sin clemencia los tambores al fondo del escenario. La pasarela desobediente hizo circular temas como “Vulnerable Tentación” que recordó las fiestas de tono industrial, “Polaroid” el más fashion de la noche, luego el single consentido de la banda, el tenso y vigoroso “Juguete”, y el discotequero “Arrivederci” con la venia del sample de “Funky Town” de Lipps Inc, bajo la contundencia ruidosa de las secuencias de Fernanda Herrera, patrocinadora del bullicio electro que sirvió como telón de apertura para una noche ‘afrancesada’.

    En el intermedio asoma su repertorio el DJ Lucca con una sobredosis de electro que anima sordos y despabila catalépticos mientras las adecuaciones y los cables toman comodidad en plataforma. No son muchos, pues el escenario solo pretende recibir los laptops envenenados, los cabellos agitados de una chica de Lille y las toxinas de botones y teclas de su cómplice electrónico. “Wish Ya” es el primer indicio de un videojuego bailable que va a dominar alrededor de una hora las cabezas espectadoras. DAT Politics corrompe los parlantes con sus divertidos y maliciosos beats sin prejuicio.
    Claude Datgirl es la voz al mando que sugiere repeticiones frenéticas y quejidos juguetones que caben en una guerra de almohadas. Su enorme cadena invade el viento y su cuerpo se sacude en vaivenes sin mucha armonía pero con mucha energía. Al lado de los laptops está el francés Gaetan Collett camuflado en una gorra que planea electrizantes melodías con mirada pícara, origina convulsiones digitales que desgastan zapatos con gusto. Un divertimento electrónico que se puede bailar con marionetas, un videojuego frenético que acelera pálpitos en menos de un segundo. Las canciones son más veloces en vivo que en estudio, “Freak me Out” es persistente y juguetona, “Mad K.I.T.” es un polígono en el que se disparan coros con voces muy puppet de forma vertiginosa, el baile es imparable, su electro es una graciosidad agresiva.

    El material que predominó en el show de DAT Politics viene de su último álbum Mad Kit (2009), con ejemplos de distorsiones danzantes como “Own Thing”, la dulzura picarona de “Bad Dream Machine” o el electro de toques breaks que se apreció en “Magnetic Attraction”. Aunque no se podían abandonar piezas clásicas de su setlist originarias de su trabajo Are Oui Phony? (2007). “Step Back” es infantil pero tremendamente corrosivo con la voz de Gallet y su micrófono cacofónico mientras Datgirl es sugerente y rebelde con el coro ‘Do you wanna/Do you wanna wanna’. Luego viene ese esquizoide juego electrónico infestado de veneno con “Motor Day”, calentura acelerada para extasiar a los amantes del género y seguidores del dúo.

    Para el segmento final vino el deletreo reiterado de Claude listo para encabezar la faceta más sucia de los Politics, un “Videotape” untado de electro hasta los poros, transgresor de los sosiegos chillout, liberador del amantazgo por la distorsión y los teclados rudos. La Datgirl se pudo deleitar con su mini aparataje y sus brincos sinceros y entusiastas por pisar América Latina en su primera visita, mientras Collett jugó con su maquinaria de forma confortable alternando laptops con un teclado reminiscente pero retador. Desde el norte de Francia hasta las entrañas de la capital colombiana se pasearon estos dos transeúntes de la diversión electrónica retorcida y granuja, sacudiendo por unos instantes el triste invierno y brindando un poco de veneno benigno a la escena electrónica de nuestro país.
  • LOS BAILES MITOLÓGICOS DE HERCULES AND LOVE AFFAIR

    Out 15 2011, 17h37

    La medianoche hirviente con aura de ambigüedad fiestera hizo de Armando Records el punto de ebullición más alto de la capital en plenas fechas laborales con aforo absoluto, sin importar el espanto de la llovizna copiosa o el apuro de un amanecer que amenazaba con la palabra trabajo. La ansiosa espera por materializar la puesta en escena de una banda que muchos aseguraban ver en el fallido abril finalmente se hizo posible al tener al frente en la hora cero a los cinco mitológicos que resucitaron los sonidos del pasado para hacerlos actuales y se convirtieron en los dueños de la noche. La fuerza voraz de Hercules And Love Affair convierte a Armando Records en el Olimpo bailable del octubre.

    Tres micrófonos en orgía rotada fueron constantes protagonistas durante todo el show con representantes excelsos (o excelsas) vocales, en aquel revoltijo cautivador de orientaciones sexuales sin límites. Shaun Wright –nada parecido al futbolista inglés, excepto su color de piel- se entrega con su prominente figura enredada en los fashionismos de comienzos de los noventa, su enorme candonga tribal y su pulsera de kilates amanerados mientras calienta el ambiente con “Falling”, de su más reciente entrega discográfica Blue Songs. Luego viene la zona estelar para ese sorprendente poderío transexual de Aerea Negrot, grandiosa y gigante sin importar cuantos sexos tenga escondidos mientras interpreta con maestría “Painted Eyes”. La Trinidad legendaria la completa la menuda Kim Ann Foxman, una mujer que ofrece lesbianismo dulce y rinde tributo a la diosa sabia y guerrera en “Athene”, inspiración para estos semidioses de la música de baile.
    Mixturas que reviven gloriosos momentos de disco setentero, techno pop ochentero, house noventero, electrónica actual, una combinación efectiva que incita a la danza despreocupada y el placer de saborear distintos géneros en un solo ensamble. Los artífices de esta pócima mágica sonora andan detrás de los micrófonos. El líder y compositor Andy Butler vibra y baila en la mitad de sus juguetes electrónicos, ataviado de una colorida chaqueta y un gorro de estilo africano, entretanto el respaldo sintético viene de las manos discretas pero eficaces de Mark Pistel, camuflado en enormes gafas y quien disfruta la fiesta con mesura sabia. Son los promotores del baile mitológico, un cortejo de delicias rotundas con títulos como “Answers come in Dreams”, “Raise me Up” o su éxito primigenio “Classique 2”. A esta altura del show el calor asistente rompe los termómetros, el despojo de las vestiduras hace visibles los dorsales de deidad neoyorquina de Butler, quien ostenta sus cráneos con cuernos de carnero, su cinturón abdominal de tribales, sus cabras de leyenda entintadas en piel, todas acompañantes del bacanal divino de la noche.
    Hércules es la figura representativa de la virilidad, el vigor sexual ambiguo y la fortaleza. Los miembros de la banda hicieron honor a su nombre con su exhibición de brío danzante, juegos de género -tanto musical como sexual- y un enseñoreo de un escenario que, aunque pequeño, fue suficiente para explotar toda su energía escénica. Las capacidades vocales de Aerea llamaban a lo sobrenatural con sus altos y bajos, sus pseudo sopranos infalibles y su scat brutal, herencia de los berridos cincuenteros de Yma Sumac; las coreografías estilo ‘Vogue’ con el absoluto reconocimiento gay de Shaun Wright eran perturbadoras y vistosas en simultánea; el minúsculo tamaño de Foxman contrastaba con sus brincos y su desafiante corte de pelo, aquel “Rock me” que interpreta evoca las mejores épocas del house noventero y los teclados se visten de nostalgia para contaminar a la audiencia y mantener encendidos los ánimos.

    El clímax de la noche se condensó en tres episodios musicales que pusieron a bailar hasta a Zeus: Primero viene el título que desempolva los pasos más extravagantes del primer lustro noventero, “My House” y Shaun Wright haciendo dote de su canto, que encanta tanto como las sirenas de la Odisea. Luego, en una versión más discotequera viene la explosión de voces con “Blind” su inexorable clásico, que se revienta de dicha con la lluvia de papeletas, de espumas, de transpiraciones y de gritos libidinosos que se confunden entre la multitud que toda la noche estaba esperando para ser el Olimpo bañado en fiesta. Antes del Encore, se viene un lujo de pieza que infecta los teclados con los mejores sonidos ácidos del reventón que contorsiona cuerpos y sacude almas, Kim Ann nos regala una dosis de fuego legendario con “I can’t wait”, el instante de la liberación que lentamente llama al final.

    Luego de una pausa muy breve, el grupo regresa para cerrar los Trabajos de Hércules (o mejor, las catorce canciones del setlist) con ese enorme tema que revive los mejores momentos de gente como Inner City, “You Belong” es la danza que consuma el ritual de los géneros y los transgéneros, es el cierre que satisface tantas mentes bailables, a pesar de no durar más de una hora y quince minutos. En un lugar atestado por la alegría, Andy Butler y sus cómplices de leyenda entablaron un romance con la concurrencia, un Affair que sin duda, buscará repetición en un futuro para seguir disfrutando a ritmo de mitología bailable.
  • MELANCOLÍAS RABIOSAS

    Out 3 2011, 22h27

    Distinguido y atmosférico show se dio cita en la sabatina medianoche del inicio de octubre, con un teatro ECCI ataviado en cálidas pero refinadas luces, entre comentarios de coctel y sutilezas lounge de los DJs que sirvieron de aperitivo para la exquisitez del platillo estadounidense recién bajado del avión y compuesto de cuatro chicas que deleitaron los paladares auditivos de la asistencia con sus voces magnéticas, sus guitarras melancólicas, su bajo enrollado en figuras post-punk y sus percusiones impecables. El sollozo elaborado de intimidades hace presencia en el telón rojo, Warpaint colma de poderío femenino el escenario.

    El recorrido por este lamento magnífico se inicia con “Jubilee” en una introducción fría y cavernosa que poco a poco fue ganando en temperatura y atmósfera, luces púrpura que gritan con elegancia hacia un techo estrellado de madera y recogen toda una constelación de ansiedades por escuchar los melódicos clamores del grupo de Los Angeles. Para su segundo tema, “Warpaint”, el bajo de Jenny Lee Lindberg resuena en oscuridades y las guitarras se remiten a aquellos pasajes post-punk ochenteros, con densidades sólidas y un manejo en los ánimos sonoros que escalan hasta la rabia y se apaciguan hasta el arrullo. “Bees” desfila por esas sensaciones en coros al unísono en plena confección, corte y costura de acordes intachables en una acústica sobresaliente y un respeto pleno por el oído.

    Cero florituras, nada de apariencias. Puede ser el atuendo del domingo de helado en la cama, la sencillez de un closet que no se desgasta en proposiciones fashionistas, cuatro chicas que se desnudan entre las cuerdas y las baquetas sin vanidades extravagantes o juegos fantasiosos de imagen y video. Sobriedad que se resiste a las brusquedades convulsas en escenario, apenas unos flirteos de sensualidad en el cabello desordenado y las caderas de cadencia moderada de la voz principal Emily Kokal, que cuando quiere manipula el micrófono y se entrega a las luces verdes de “Composure”, o sencillamente se abraza con su guitarra para intimar en “Undertow” y se deja perder en el horizonte que le señalan Las Rosas de los Vientos luminosas que desfilan por el cielo del ECCI. La gente navega entre la dicha de una de las canciones más coreadas de la noche.


    Las cuatro voces se congregan en esa dulzura de alta confección en “Billie Holiday” y luces posteriores en forma de LEDS acentúan un momento íntimo, refinado y altamente acogedor en medio de un auditorio atento y complacido. Se consolida esa melancolía rabiosa, aquellas plañideras de Cadáveres Exquisitos y Tontos afligidos, un cortejo de sollozos sentidos y pasajes oscuros, “Burgundy” o “Beetles” remarcan ese viaje de abatimiento dinámico. En un instante entra el liderazgo en la voz de Theresa Wayman para sumergirnos en el universo psicodélico y entrañable de “Majesty”, colores íntimos que viajan a lo profundo de los sentidos, las luces llegan al clímax, los LED se animan y bailan con suavidad, hay planetas que se disparan en círculos cromados de colorido en las paredes del recinto, las voces se desgarran con finura y la gente llora de placer pesaroso. Momento del Encore.

    Ante una cumpleañera Emily se abre el comienzo del final, quien recibe con sencillez sorprendida los cantos de celebración onomástica por parte del respetable. Como compensación, ella brinda el momento más dulce e introspectivo de la noche con “Baby”, el arrullo amoroso que deleita a media luz a muchas parejas espectadoras y logra manipular algunas lágrimas de felicidad entre los solitarios que la observan. Pero de la intimidad se trasladan a una caótica y potente interpretación de la consentida de su primer EP “Elephants”, un cautivador juego de descargas y pausas con una batería siempre dispuesta de Stella Mozgawa que sube y baja con el resto de los instrumentos y explota de poder, murmura en intervalos y se despliega en ira controlada hasta el momento culminante.

    Un cierre esplendoroso de rock sólido, de mujeres decididas y sin marañas complejas, un acertado manejo de luces que, sin ser espectaculares, lograron captar toda la atmósfera para los viajes entre canción y canción, y un sonido destacado que llevó a la redención a muchos oídos que clamaban por buena acústica y un tratamiento educado a las propuestas sonoros de grupos extranjeros. El ECCI encerró por algo más de una hora una melancolía rabiosa que no podía ser de mejor elaboración sino bajo el manto virtuoso de las Warpaint, como siempre, dulces, oscuras, afligidas, pero bastante consistentes, y sobre todo, magnéticas.
  • GITANOS DEL FLOW

    Out 3 2011, 6h49

    Para los ansiosos de escuchar y bailar música étnica embelesada con el vértigo cosmopolita, era absolutamente necesaria la molestia placentera de recurrir al Teatro Metro en la marcha del septiembre. Un Ruido impaciente que tronaba en las articulaciones del público estaba por explotar de deleite en el interior del refugio para el desahogo. Había llegado la hora de acelerar las revoluciones con la potestad galopante de la banda fusión colombiana más exitosa en el globo, Bomba Estéreo, y de los israelíes exportadores de virtudes sísmicas musicales, los Balkan Beat Box.

    Una pasarela horizontal fue la superficie del derroche de vigor nocturno de la fiesta denominada Ruido.
    En aquel rectángulo interminable de jolgorio aterrizó en primera medida la bravura cada vez más congruente de los chicos Bomba, que esta vez muy bien habrían sonado en Mono o en Estéreo. Una emplumada realeza asoma en la falda de Li Saumet, la dueña del flow cumbanchero que calentó muy rápido a la concurrencia arengando con orgullo frases de tipo “Así es mi raza, mi folclor” y entrando en una dimensión menos callejera y más elegante, pero sin perder la animosidad y esa fuerza en aquella garganta desvergonzada.

    El copiloto de la Bomba, Simón Mejía, siempre atento a construir fiesta desde su bajo y sus secuencias, mientras Kike Egurrola se explayaba en extasiantes toques de batería que invocaban tribalismos desenfrenados del continente negro, y Julián Salazar se entendía a las maravillas con sus cuerdas infectadas de soukous, champeta y ritmos afro. El desfile en pasarela mostró modelos de cumbia psicodélica, unos sonidos sintéticos que evocaban las fiestas de La Hacienda en Manchester, mayor respeto y promoción de una champeta muy moderna y puentes mántricos que ahogaban en catarsis a los bailadores asistentes mientras retomaban el aliento frenético de la jarana. Un show de factura internacional de los Bomba Estéreo que revolucionaron a su pueblo envueltos en micrófonos de rosas y descargas delirantes de fusiones coloreadas de afro descendencia. La apertura del Ruido fue entrega en cuerpo y alma de la banda que Estalla, el explosivo musical de mayor potencia.

    Luego de una espera prolongada por adecuación de instrumentos, llegó la hora del nomadismo desvergonzado y universal de los Balkan. Saxofones incendiarios invaden la tarima y cometen incestos sonoros con orígenes que se pueden remontar al Medio Oriente, norte de África o gitanismos europeos, Ori Kaplan manda la parada en el asunto de los soplos exóticos y vibrantes. Pero quien manda en el micrófono es un resuelto y rebelde Tomer Yosef, insurrecto de las líricas y potentado de las miradas femeninas, una torre de Babel contundente y apasionada que eriza y subleva a una audiencia subordinada por el cautivador sonido de la fusión universal. La cajita de ritmos que desafía los catálogos golpea con furia las paredes del Metro.

    La guitarra se transportaba en matices argelinos, tunecinos, árabes, políglotas, con el marcado tono de raíces del norte de Africa, pero también con insolentes eficiencias de otros ritmos del mundo, modernidad inclasificable eficaz para proponer terremotos bailables en cualquier parte del planeta, especialmente con la exhibición de su trabajo reciente Blue Eyed Black Boy. Tal como el título del álbum, esa multiplicidad de etnias conjugada en un solo ensamble es un verdadero artefacto de fiesta global. El tercer hombre clave del proyecto Tamir Muskat manejaba los hilos de la batería desde atrás y aportaba esa cuota de vigor integral a la banda, respaldado por las percusiones orientales y los timbales del MC, quien en momentos de descanso vocal se disponía al desfogue instrumental.

    Salvaje, intenso, fogoso. La pasarela del Balkan se trajo joyas del repertorio como “Move it”, “Hermetico”, “My baby” o el brutal cierre con “Bulgarian Chicks” infestados de ritmos de todas las galaxias, encantando serpientes y el resto del reino animal con sus vientos sugerentes, eyaculando con dicha hidratante varias botellas de agua, hipnotizando con alucinantes solos de guitarra provenientes de algún imaginario oasis musical, y alentando con torso desnudo y voces sublevadas al público a desinhibir su motricidad y entregarse a la euforia sin límites. Todo un éxito de transpiraciones bailables y amalgamas musicales con todos los sabores de mundos posibles en la fiesta del Ruido, que para nada sonó cacofónico y que nos trajo una gran exposición de multiculturalismo camuflado en una descomunal parranda.