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  • Viajero estelar

    Jul 31 2009, 18h46

    Te soñé, viajero al lomo de un lucero
    y sin notar tu faz te pedí un deseo,
    marcando el final de tu trayecto
    en las pupilas negras del firmamento...

    Deseé el destino de tu risa sideral,
    la consecuente al bundún de mi pecho,
    la surrealista entre las letras etéreas,
    la que pintaba el firmamento astral...

    Rasguié las centellas de tu nave,
    y en su ritmo tomé tu mano hermana
    para marcar los pasos del nuevo universo
    donde no soy soñador, sino compañero,
    donde como infantes caminamos el cielo
    y bailamos al son de nuestros pechos.
  • Esbozo de un adios

    Jul 30 2009, 23h25

    Intenté entre pensamientos
    capturar tu forma serena,
    la mirada solitaria,
    la timidez del colibrí danzante en mis auroras...
    Plasmé tus lunas negras y sencillas,
    aquellas confusas bajo el humor del cristal,
    mi néctar dio vida a tu esbozo
    mis sueños la realidad
    mis dedos naturaleza
    y una lágrima tu libertad...

    Y te fuiste colibrí de mi aurora
    haciendo nido en el recuerdo,
    estampa en la piel sedienta
    y un disfraz con la esperanza...
    Porque todo colibrí hechicero
    con forma tímida y vaga
    entre soledad y devenir
    siembra un espejismo, cosecha una ilusión y se va.
  • Esbozo de un adios

    Jul 30 2009, 23h25

    Intenté entre pensamientos
    capturar tu forma serena
    la mirada solitaria
    la timidez del colibrí danzante en mis auroras...
    Plasmé tus lunas negras y sencillas
    aquellas confusas bajo el humor del cristal
    mi néctar dio vida a tu esbozo
    mis sueños la realidad
    mis dedos naturaleza
    y una lágrima libertad...
    Te fuiste colibrí de mi aurora
    ya hiciste nido en el recuerdo
    estampa en la piel sedienta
    y un disfraz con la esperanza...
    Porque todo colibrí hechicero
    con forma tímida y vaga
    entre soledad y devenir
    siembra un espejismo, cosecha una ilusión y se va.
  • Narada y Siva

    Jul 7 2008, 20h22

    Mediante prolongadas austeridades y prácticas devocionales, Narada se había ganado la gracia de Visnu. El dios se apareció al santo en su retiro y le concedió un deseo. “Muéstrame el poder mágico de tu Maya”, pidió Narada, y el dios le contestó: “Así lo haré. Ven conmigo”; aunque otra vez con esa ambigua sonrisa de sus labios hermosamente curvados. De la sombra placentera del bosquecillo que protegía al ermitaño, Visnu condujo a Narada por una pelada extensión de tierra que ardía como el metal bajo el resplandor despiadado de un sol que abrasaba. No tardaron los dos en sentir sed. A cierta distancia, en medio de la luz cegadora, divisaron las techumbres de paja de una minúscula aldea. Visnu preguntó: “¿Quieres ir allí a traerme agua?”. -Por supuesto, oh Señor -replicó el santo; y se dirigió al lejano grupo de cabañas. El dios se tumbó a la sombra de un peñasco a esperar su regreso. Cuando Narada llegó a la aldea, llamó a la primera puerta. Le abrió una hermosa doncella y el santo experimentó algo que hasta entonces jamás había imaginado: el encanto de sus ojos. Parecían los de su divino Señor y amigo. Se quedó mirándolos: se le olvidó, sencillamente, a qué había ido. La muchacha, dulce y candorosa, le dio la bienvenida. Su voz fue un lazo de oro alrededor del cuello de él. Como en un sueño, Narada cruzó el umbral. Los de la casa le saludaron con gran respeto, aunque sin mostrarse tímidos en absoluto. Le acogieron honrosamente como a un hombre santo, aunque en cierto modo no como a un extraño, sino más bien como a un anciano y venerable conocido largo tiempo ausente. Narada permaneció con ellos, impresionado por la alegre y noble actitud, y sintiéndose enteramente a gusto. Nadie le preguntó a qué había venido; parecía que pertenecía a la familia desde tiempo inmemorial. Y transcurrido un tiempo, pidió permiso al padre para casarse con la muchacha, lo cual no era sino lo que todos estaban esperando. Se convirtió en miembro de la casa y compartió con ellos las eternas cargas y los placeres sencillos de una familia campesina. Transcurrieron doce años; tuvo tres hijos. Al morir su suegro se convirtió en cabeza de familia, heredando la propiedad y dirigiéndola, cuidando el ganado y cultivando los campos. En el duodécimo año, la estación lluviosa fue extraordinarimente violenta: los ríos crecieron, los torrentes se precipitaron ladera abajo, y un súbito desbordamiento inundó la aldea. Durante la noche se llevó las cabañas de paja y el ganado, y todo el mundo tuvo que huir. Sujetando a su mujer con una mano, guiando con la otra a dos de sus hijos, y cargando con el más pequeño al hombro, Narada emprendió su marcha a toda prisa. Avanzando en la más completa oscuridad y azotado por la lluvia, caminaba por el lodo resbaladizo, se tambaleaba en las aguas turbulentas. Era una carga más grande de la que podía llevar, con la corriente empujándole las piernas. Una de las veces, al dar un traspié, se le cayó el niño del hombro y desapareció en la oscuridad rugiente. Con un grito desesperado Narada soltó a los dos mayores para coger al pequeño, pero fue demasiado tarde. Entretanto, la riada arrastró rápidamente a los otros y, antes incluso de que se diese cuenta de la tragedia, arrancó de su lado a su mujer, le hizo perder pie a él, y lo arrojó de cabeza al torrente como un tronco. Inconsciente, Narada fue a encallar por último en una pequeña escarpadura. Cuando volvió en sí, abrió los ojos y vio una inmensa capa de agua fangosa. Fue incapaz de hacer otra cosa que llorar. -¡Hijo! -oyó una voz familiar que casi le paralizó el corazón- ¿dónde está el agua que habías ido a traerme? Llevo esperando más de media hora. Narada se volvió. En vez de agua, vio el brillante desierto bajo el sol del mediodía. Descubrió al dios de pie, a su espalda. Las curvas crueles de su boca, todavía sonriente, se abrieron en una suave pregunta: -¿Comprendes ahora el secreto de mi Maya?.