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Skunk Anansie. La Riviera. Madrid (5 noviembre 2009)
Nov 6 2009, 2h00
Jue 5 Nov – Skunk Anansie, A.Human
Fotos, videos, setlist y más cositas en:
http://mercadeopop.blogspot.com/2009/11/skunk-anansie-2009-sala-la-riviera.html
Pero a ver, que yo no me entero. Entonces, ¿el tiempo pasa para todos por igual? Alguien debería dar una explicación mínimamente coherente y no nihilista, porque el 5 de noviembre de 2009 la sala La Riviera sufrió una regresión temporal hasta el 2 de noviembre de 1999. Concretamente, sin Delorean de por medio pero con una medium negrata con una agresividad que sería capaz de venderle a Aznar el abdominazer en una teletienda de madrugada. Y es que en esas dos fechas este recinto acogió sendas actuaciones de Skunk Anansie y entre medias parece -sí, eso, parece, porque real no puede ser- que no ha pasado nada. Total 3.647 días -calculados a ojo- no son nada.
Pero estamos en 2009 y cuando se apagan las luces el público, mayoritariamente treinteañero y con una evidente filiación noventera, rejuvenece una década de un plumazo. Aparecen los chicos de la banda, aparece Skin sumergida en un bola de espumillón y Sellin Jesus atrona el lugar de manera inmisericorde. Joder, como si fuera ayer. La magia del rocanrol, la magia de los recuerdos, vuelve a propiciar un viaje en el tiempo de esos que no tienen explicación. Es imposible que yo tenga treinta años, recuerdo como si fuera hoy los bares en los que en 1999 tomamos las preceptivas previas cervezas de calentamiento. ¿Tanto hemos cambiado?
Suena Charlie Big Potato y La Riviera se viene abajo. Esto es una gira de grandes éxitos y es tontería andarse por las ramas. La peña aquí ha venido predispuesta a fliparlo con Skin, a la cual al principio no se oye bien aunque se intuye que se desgañita. Pasan unos minutos y con Charity se confirma que, efectivamente, la jodía se desgañita, pero con un estilo de pelotas. La banda suena tan contundente como si nunca se hubieran separado, el repertorio es incontestable. Han retomado su carrera en el punto que la dejaron, de manera que reengancharse es tan sencillo como cerrar los ojos y soñar con aquellos botellones que eran de calimocho porque no había dinero para más. Los treintañeros que no queremos crecer somos así.
Cuando suenan los temas duros Skin se descoyunta, golpea el pie de micro contra el suelo, lo arroja por el escenario, se mueve como la pantera que es -aunque me tiro todo el concierto esperando que repita sus bailes sobre las barras anexas al escenario, dando patadas a las bebidas del impresionado respetable, pero esta vez no le dio el punto- y la banda suena hardcore a muerte en Torremolinos. Para compensar, esos medios tiempos de intensidad creciente sin fin llevan las manos a la cabeza del público, incapaz de asumir tanto decibelio escupido sobre sus caras. Estoy en una compañía inmejorable, pero me acuerdo de Gras, que fue quien en el instituto me dio a conocer a Skunk Anansie y le llamo en Weep. Me emociono, hostia, qué guay.
En los bises suena la sobresaliente Hedonism, seguida de la más que notable Squander -nueva composición-, justo antes del delirio con Little Baby Swastikkka. Tras este huracán en forma de grito anti fascista ya son pocos los que están en las primeras filas y mantienen la compostura. Como si hubieran estado expuestos a un ventilador gigante de potencia obscena, se ven peinados imposibles, cejas chamuscadas, caras deformadas, camisetas agujereadas. A pesar de lo cual todavía se pide más, al menos una más. Entonces cae esa joya que es Secretly, con la que Skin se luce, el público canta y aquí todo cristo se dedica a lucir sonrisa de 17 centímetros de diámetro.
Justo fue entonces cuando me salí del centro de la pista y me dirigí hacia una de las barras de la sala. Ante la incredulidad de los camareros y de los chavales de la Cruz Roja, saqué unas esposas y me encadené a la barra. "¡De aquí no me mueve ni dios hasta que estos salgan otra vez! ¡Sólo otra vez y que toquen We Don't Need Who You Think You Are! ¡Bueno, esa o cualquiera, me da igual, qué cojones!" Mientras lanzaba estas proclamas, con el rabillo del ojo comprobé cómo se me acercaban por la espalda una pareja de albanokosovares de esos que le tienen cierta manía a José Luis Moreno (y eso que fijo que no sufrieron en su niñez a Macario en la tele) con malas intenciones.
Lo cierto es que, para mi sorpresa, llegaron también luciendo sonrisa, aunque con intención de cortar mi humilde reivindicación por lo sano. Blandieron un par de serruchos de considerable tamaño, acción esta que provocó algún que otro temblor en mis canillas y, lo reconozco, alguna arcada provocada por la impresión por aquello de no querer salir del lugar con algún miembro cercenado. Sin embargo, la sorpresa incial tornose en mayúscula cuando procedieron a serrar un par de hierros pertenecientes a la barra del garito. De considerable tamaño, eso sí.
Una vez seccionados, me cogieron en volandas, me sacaron hasta la esquina del paseo de la Virgen del Puerto, detuvieron un taxi y me introdujeron amigablemente en su interior, no sin ayudarme a que los hierros no provocaran daños en el vehículo. El taxista agarró los 20 euros que le dieron y me trajo a casa sin mediar palabra pero observándome constántemente por el retrovisor interior. El caso es que ahora estoy encadenado a unos hierros la hostoiia de molerstosr quie npo me puedfo qiutrar y es por ellpo que estooiy esvcribirendo coin la mano izquierda y me es uimposibkle no cometer faltasas de ortororfgrafiá. Cafrones.
Fotos, videos, setlist y más cositas en:
http://mercadeopop.blogspot.com/2009/11/skunk-anansie-2009-sala-la-riviera.html
Pero a ver, que yo no me entero. Entonces, ¿el tiempo pasa para todos por igual? Alguien debería dar una explicación mínimamente coherente y no nihilista, porque el 5 de noviembre de 2009 la sala La Riviera sufrió una regresión temporal hasta el 2 de noviembre de 1999. Concretamente, sin Delorean de por medio pero con una medium negrata con una agresividad que sería capaz de venderle a Aznar el abdominazer en una teletienda de madrugada. Y es que en esas dos fechas este recinto acogió sendas actuaciones de Skunk Anansie y entre medias parece -sí, eso, parece, porque real no puede ser- que no ha pasado nada. Total 3.647 días -calculados a ojo- no son nada.
Pero estamos en 2009 y cuando se apagan las luces el público, mayoritariamente treinteañero y con una evidente filiación noventera, rejuvenece una década de un plumazo. Aparecen los chicos de la banda, aparece Skin sumergida en un bola de espumillón y Sellin Jesus atrona el lugar de manera inmisericorde. Joder, como si fuera ayer. La magia del rocanrol, la magia de los recuerdos, vuelve a propiciar un viaje en el tiempo de esos que no tienen explicación. Es imposible que yo tenga treinta años, recuerdo como si fuera hoy los bares en los que en 1999 tomamos las preceptivas previas cervezas de calentamiento. ¿Tanto hemos cambiado?
Suena Charlie Big Potato y La Riviera se viene abajo. Esto es una gira de grandes éxitos y es tontería andarse por las ramas. La peña aquí ha venido predispuesta a fliparlo con Skin, a la cual al principio no se oye bien aunque se intuye que se desgañita. Pasan unos minutos y con Charity se confirma que, efectivamente, la jodía se desgañita, pero con un estilo de pelotas. La banda suena tan contundente como si nunca se hubieran separado, el repertorio es incontestable. Han retomado su carrera en el punto que la dejaron, de manera que reengancharse es tan sencillo como cerrar los ojos y soñar con aquellos botellones que eran de calimocho porque no había dinero para más. Los treintañeros que no queremos crecer somos así.
Cuando suenan los temas duros Skin se descoyunta, golpea el pie de micro contra el suelo, lo arroja por el escenario, se mueve como la pantera que es -aunque me tiro todo el concierto esperando que repita sus bailes sobre las barras anexas al escenario, dando patadas a las bebidas del impresionado respetable, pero esta vez no le dio el punto- y la banda suena hardcore a muerte en Torremolinos. Para compensar, esos medios tiempos de intensidad creciente sin fin llevan las manos a la cabeza del público, incapaz de asumir tanto decibelio escupido sobre sus caras. Estoy en una compañía inmejorable, pero me acuerdo de Gras, que fue quien en el instituto me dio a conocer a Skunk Anansie y le llamo en Weep. Me emociono, hostia, qué guay.
En los bises suena la sobresaliente Hedonism, seguida de la más que notable Squander -nueva composición-, justo antes del delirio con Little Baby Swastikkka. Tras este huracán en forma de grito anti fascista ya son pocos los que están en las primeras filas y mantienen la compostura. Como si hubieran estado expuestos a un ventilador gigante de potencia obscena, se ven peinados imposibles, cejas chamuscadas, caras deformadas, camisetas agujereadas. A pesar de lo cual todavía se pide más, al menos una más. Entonces cae esa joya que es Secretly, con la que Skin se luce, el público canta y aquí todo cristo se dedica a lucir sonrisa de 17 centímetros de diámetro.
Justo fue entonces cuando me salí del centro de la pista y me dirigí hacia una de las barras de la sala. Ante la incredulidad de los camareros y de los chavales de la Cruz Roja, saqué unas esposas y me encadené a la barra. "¡De aquí no me mueve ni dios hasta que estos salgan otra vez! ¡Sólo otra vez y que toquen We Don't Need Who You Think You Are! ¡Bueno, esa o cualquiera, me da igual, qué cojones!" Mientras lanzaba estas proclamas, con el rabillo del ojo comprobé cómo se me acercaban por la espalda una pareja de albanokosovares de esos que le tienen cierta manía a José Luis Moreno (y eso que fijo que no sufrieron en su niñez a Macario en la tele) con malas intenciones.
Lo cierto es que, para mi sorpresa, llegaron también luciendo sonrisa, aunque con intención de cortar mi humilde reivindicación por lo sano. Blandieron un par de serruchos de considerable tamaño, acción esta que provocó algún que otro temblor en mis canillas y, lo reconozco, alguna arcada provocada por la impresión por aquello de no querer salir del lugar con algún miembro cercenado. Sin embargo, la sorpresa incial tornose en mayúscula cuando procedieron a serrar un par de hierros pertenecientes a la barra del garito. De considerable tamaño, eso sí.
Una vez seccionados, me cogieron en volandas, me sacaron hasta la esquina del paseo de la Virgen del Puerto, detuvieron un taxi y me introdujeron amigablemente en su interior, no sin ayudarme a que los hierros no provocaran daños en el vehículo. El taxista agarró los 20 euros que le dieron y me trajo a casa sin mediar palabra pero observándome constántemente por el retrovisor interior. El caso es que ahora estoy encadenado a unos hierros la hostoiia de molerstosr quie npo me puedfo qiutrar y es por ellpo que estooiy esvcribirendo coin la mano izquierda y me es uimposibkle no cometer faltasas de ortororfgrafiá. Cafrones.